En la antigüedad la gente era pobre y no era capaz de sustentarse. Al azadonar se llevaron los clásicos, y recitaron el contenido de los libros al transportar leña. Hoy la gente come bastante, se abriga bien y abunda de tiempo libre. Es el primer lamento.
En la antigüedad la gente no protestaba al caminar más que mil li buscando un instructor, llevando sus libros en la espada. Hoy la gente tiene padres dignos y hermanos mayores dignos para enseñarle, pero no se les presta atención. O hay un maestro digno en el pueblo, pero le ignoran. Es el segundo lamento.
En la antigüedad la gente copiaba los manuscritos a sí misma, día y noche sin cesar, y constantemente sufría de la ausencia de libros. Hoy, la gente tiene libros confeccionados impresos y guarda diez mil fascículos amontonados que no se ha leído nunca. Es el tercer lamento.
En la antigüedad la gente pasaba tres años estudiando un solo clásico. Cumplieron los treinta años de edad al adquirir el conocimiento profundo de los cinco clásicos. Desde su niñez su única meta había sido estudiar. Hoy uno tiene varios libros desde pequeño, pero no se los lee. Entretanto el tiempo pasa volando. Es el cuarto lamento.
En la antigüedad la gente leía por luciérnagas crecientes o bajo la luz reflectada por la nieve. Hoy uno puede aprovechar la luz de la linterna para abrir los pergaminos. Sin embargo malgasta el tiempo conversando felizmente, pero en vano, y se entretiene jugando al ajedrez. Este el quinto lamento.
Había gente que no podía ver el sol y la luna, quién no podía oír el sonido de truenos. Los estudiantes de nuestra edad tienen la vista clara y el oído agudo, todos reciben las instrucciones de sabiduría. Aún, porque no estudian, no saben por donde van y desconsideran la conducta propia y los rituales. Realmente, son casi como si fueran sordos y ciegos. Este es el sexto lamento.
Cuando un hombre tiene un cuerpo, tiene un registro, y cuando tiene un registro, tiene deberes. Los estudiantes de nuestra edad tienen sus padres para sustentarles o debido a los méritos de la familia existentes desde hace mucho tiempo están exentos del servicio. Tienen libros, pero no se los leen, siendo iguales que la gente fuera de las puertas y en los campos. Este es el séptimo lamento.